Es tiempo de escucharse, de ponerse en disposición y de desprenderse, para poder entrar en diálogo cada cual a su modo y manera, pero siempre con respeto y consideración por el otro. La cuestión es entrar en sintonía, y no por lo que uno tiene, sino por aquello de la esperanza. La sociedad creyente mira a Cristo crucificado y de ahí nace la mística del sol, el cantar de los pueblos, el grito y el sollozo, el consuelo y la confianza en la vida eterna.

También los que no creen, verán que toda la creación germina del amor, y que una vez desposeídos de todo, nadie es más que nadie y todo será de todos. Lo trascendente, pues, es recapacitar sobre ese amor al que nos debemos y rechazar todas las atrocidades vertidas por el planeta. Ahora sabemos que el número de niños utilizados por el grupo terrorista Boko Haram para cometer atentados suicidas en los países de la cuenca del Lago Chad durante el primer trimestre del año casi iguala al reportado en la totalidad de 2016. ¡Cuánta crucifixión de inocentes!.

Pregonemos el encuentro con el verdadero amor. Pongámoslo en práctica.

Transformados por este amor puro, se nos abre la mirada al futuro. Unos desde el arte sacro, otros desde las procesiones más diversas, el cine, la literatura o la música, lo cierto es que todos intentaremos saciar nuestro espíritu ante el deseo innato por la belleza, la bondad y la verdad. La propia vida, por si misma, requiere de nuestras búsquedas.

No olvidemos que el trono de Jesús, que no germina del poder, sino del amor, es la cruz, una innegable luz por descubrir.

Está claro que los cristianos deben responder al mal con el bien, tomando sobre si la cruz, como Jesús. La humanidad, toda unida como familia, debería repensar esto; pues lo importante no es acrecentar la venganza, sino la bondad. Sólo hay que rumiar la idea aristotélica de que ‘solamente haciendo el bien se puede realmente ser feliz’.

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