(Juan 1, 29-34) LOS ACONTECIMIENTOS cotidianos en los que nos desenvolvemos todos los días tienen una profundidad de la que sólo a veces nos damos cuenta.

Tras un anciano que pasea lentamente por la calle hay, muchas veces, una hija que lleva adelante su trabajo, su casa, sus hijos y a su padre mayor, entristecido y más despistado, desde que murió su mujer. Vidas entrecruzadas en entrega, dolor y amor de personas con rostro y corazón.

Tras el rostro oscuro y los ojos negrísimos de una niña con el pelo rizado y de su madre que la lleva en un carrito, que ya no es nuevo, hay una historia de supervivencia y dolor, de tenacidad y esperanza de una mujer que buscó una vida mejor para su hija.

Tras los rostros jóvenes y desafiantes de los muchachos, hay todo un universo de sueños e ilusiones, de miedos e inseguridades, un folio en blanco que se está comenzando a escribir.

Hay que mirar lo cotidiano con ojos de profundidad. Así se lo mostró Juan Bautista a sus discípulos un día. Se acercaba un hombre joven, simplemente un hombre joven; y él les hizo ver que en ese hombre estaba la esperanza de Israel y de toda la humanidad: “Ese es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, les dijo.

Juan ya lo había conocido, había ido a bautizarse, y había visto que el Espíritu de Dios moraba en él, había sentido que Dios mismo hablaba por sus labios. Sus suspicacias y recelos se derrumbaron, y se llenó de una esperanza grande, como sólo los humildes pueden hacerlo al contemplar a Jesús. Cristo se sigue acercando, también a nosotros, en lo cotidiano.

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