(Mateo 3,1-124) LOS SUEÑOS de grandeza de los poderosos se convierten en las pesadillas de los pobres y sencillos. Cuando los poderosos buscan su gloria y que su nombre pase a la historia, los débiles tienen que echarse a temblar, porque ya para él todo son instrumentos con los que conseguir sus deseos.

La inmensa mayoría de los nombres que vemos en los libros de historia corroboran lo que digo.
Los sueños de Dios son distintos. El Padre siempre sueña con la felicidad y la vida de sus hijos. La gloria de Dios es la vida plena de cada uno de sus hijos. Jesús de Nazaret soñaba con el consuelo de los que sufren, con la hartura de los hambrientos, con la alegría de los que están tristes. Jesús de Nazaret soñaba con la amistad, en absoluta libertad, de los suyos. Soñaba, incluso, con que los que hacen daño se convirtieran no por miedo, sino por propia convicción.

Cada grupo de solidaridad, cada orden religiosa, y las innumerables obras de misericordia que ejercen, nacen de un sueño de Dios. En un corazón joven Dios suscita un sueño; «vocación» o «llamada» lo llama el. Y ese sueño, como débil retoño del tronco de la Iglesia, va creciendo y consolidándose. La liberación de millones de esclavos por parte de trinitarios y mercedarios, la ayuda a millones de personas indigentes que realizan las Hijas de la Caridad, o los miles de proyectos de solidaridad en países del Tercer Mundo, que realizan los misioneros, son retoños que reverdecen la solidaridad del mundo, que recrean nuestra humanidad.

A lo mejor estás sintiendo dentro de ti algo nuevo que nace, un brote de esperanza llamado a dar fruto. ¿Es así?

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