(Marcos 16, 15-20) LA DESAPARICIÓN del líder carismático suele significar una crisis profunda en todo movimiento. Era él quien tenía las ideas brillantes, quien unía las corrientes diversas, quien en momentos difíciles decidía qué hacer y cómo hacerlo. Los movimientos sociales se apiñan al fuego vital de personas con espíritu, y cuando éstas faltan todo peligra.

Con el movimiento del Nazareno no ocurrió eso, sino justo lo contrario. Al poco tiempo de desaparecer sus discípulos inician una tarea de anuncio de su mensaje y de la buena noticia de su resurrección que dejaba sorprendidos a todos por el ímpetu, por el empuje, por la creatividad, por la fortaleza y por la sabiduría con que se conducían. Pareció que en vez de un Jesús había cientos, anunciando el Evangelio cada uno por donde iba. 

Hablaban con autoridad, como en Nazareno. Y, además, acompañaban sus palabras con gestos hacia los enfermos que a todos dejaban sorprendidos. Como el Nazareno hacían andar a paralíticos y eran fuente de vida para muchos.

Hoy, callada y humildemente, muchos grupos de Pastoral de la Salud, siguen realizando signos con los enfermos. “Cuando usted viene a darnos la comunión, hasta las rodillas se me ponen mejor, Padre”, me decía hace tiempo una anciana. Cuántos rostros han vuelto a sonreír y cuántas gargantas a cantar, cuántos pies han vuelto a bailar y cuántos corazones a tener esperanza, gracias a la labor de los que estáis entregados a llevar el Evangelio a los enfermos.

Seguid siendo creativos y alegres, comprensivos y pacientes, veraces y fieles, el Señor sigue realizando signos a través vuestro.

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