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1970. Curro Díaz Vicario, maestro de capataces, anuncia que este año dará su última chicotá

Su potente voz rompiendo la madrugada ha sido uno de los sonidos de nuestra Semana Santa desde 1940

Será difícil para el cofrade de Dos Hermanas acostumbrarse a una Semana Santa sin la presencia de Curro Vicario. La suya será, además, una pérdida sonora: su inconfundible voz rasgada, llamando a los suyos, imponiendo un sobrecogedor silencio, ha sido banda sonora de nuestra semana grande desde 1940.

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Pero así tendrá que ser, porque el maestro de capataces ha anunciado que esta Semana Santa de 1970 suelta el martillo. Dice que ve a su cuadrilla cansada, que falta “savia nueva” entre los costaleros. Será también esta la última vez que Encarnación García, su esposa, le ponga una vela a Santa Rita pidiéndole que su marido tenga una buena estación.  

Hacer fácil lo difícil… y viceversa
En estas tres décadas, Curro Díaz Vicario ha tenido tiempo de crear escuela. Su padre, José ‘Rueda’, ya sacaba pasos, y él se ha ocupado de convertir esa afición en un arte. Con solo 18 años, en 1939, José Álvarez Alcoba ‘El Melón’ le permitió sacar de San Sebastián el Cristo de Vera Cruz, y en 1940 sacó al de Oración, ya con su propia cuadrilla de hombres asalariados. Desde entonces, sin faltar un año, ha sido capataz en todas las hermandades, excepto en La Estrella, ya que coincide en horario con el Cautivo.

1970. Curro Díaz Vicario, maestro de capataces, anuncia que este año dará su última chicotá

Curro sabe de cofradías, sabe de fe, y sabe de espectáculo, y por eso nos explica que “a la gente hay que ponerlas de puntillas a la puerta de una iglesia. Si la salida es fácil, hay que hacerla difícil, y si es difícil hay que hacerla fácil”. Su comunicación con los costaleros,  su saber estar ante los pasos, imponen respeto y recogimiento entre los fieles. “Pero la virtud de un capataz”, nos explica con su voz rota, “no es sólo conducir un paso; un capataz es el que forma a su cuadrilla”. Y ha predicado con el ejemplo. Los meses previos al Domingo de Ramos son siempre un trajín de reuniones en el Bar Jaula, con sus costaleros (a los que compra incluso las alpargatas) y sus fieles contraguías Hipólito, Iglesias, Rafael Ruiz, Joaquín ‘Melón’. A Curro no le ha temblado el pulso  para aflojarse la corbata y meterse bajo las trabajaderas del palio de la Virgen de los Dolores para motivar a sus hombres,  para echarles una mano  “porque aquello venía dando mucha castaña”.

De domingo a sábado
Y es que su cuadrilla apenas descansa. Sacan pasos todos los días, desde el Cautivo (Domingo de Ramos) hasta el sábado (Santo Entierro). Especialmente duros son los Jueves y los Viernes Santos. Tras meter  a Vera Cruz en San Sebastián,  con solo dos horas de descanso, procesionan con el Gran Poder, terminan  a las nueve de la mañana y a las cuatro de la tarde igualan en El Cerro Blanco para pasear a La Amargura.  

Curro se ha agotado. Prefiere dejarlo ahora que perder la ilusión. Lleva 30 años con los mismos hombres. A partir de ahora lo verá desde otro ángulo. Aunque seguro que en años venideros la nostalgia le impulse a dar alguna que otra chicotá, quien quiera llevarse en la retina el recuerdo de Curro  tiene esta Semana Santa su última oportunidad.

Todavía es joven. Acaba de cumplir 49 años. Lo que no faltará en su vida, pasada cada Navidad, serán las tertulias cofrades con Alvarito, Mejías, Enrique, Juan Reina, Antonio León, Carlos Chía, Álvaro Cueli, Julio El Peti, Curro Salguero, Armando, Fernando Sutil, Francisco ‘Pachico’, Lozano, Arias, Joselito el de la Estacá. Por su tienda seguirán pasando Salvador Dorado ‘El Penitente’, Bejarano, Ariza, El Moreno, Vicente, Rechi… para hablar, cómo no, de su gran pasión: la Semana Santa. ¡Ah! Y de Manolo Vallejo. A veces habla de flamenco.

Llorar y llorar
Curro mamó el ambiente cofrade desde que, bien pequeñito, cuando todavía era ‘el chiquillo de Rueda’ (apodo de su padre), entraba en su casa Joselillo ‘Cagalauva’ a preparar con su padre la lista de costaleros. Eso fue antes de la guerra. El gusano se le metió en la sangre, y vive de manera muy especial su papel de capataz. Los que le conocen bien saben que Curro, llegando marzo, pierde una talla de ropa porque deja de comer (y hasta de beber) muchos días; que, antes de la primera levantá, sigue un ritual que le da fuerza: se hace la señal de la cruz y se persigna, tanto ante el paso de Cristo como en el de palio. Pero sólo los muy íntimos conocen un gesto que delata cómo palpita su corazón: después de sacar los pasos, y una vez que escucha el himno nacional, se sale fuera del cortejo y rompe a llorar y llorar como un niño. En la foto, en la madrugada del Jueves Santo, ante el palio de María Santísima del Mayor Dolor y Traspaso (Hermandad del Gran Poder).

1970. Curro Díaz Vicario, maestro de capataces, anuncia que este año dará su última chicotá

Nace Curro en la calle Rodríguez de la Borbolla (Botica) el 25 de marzo de 1921, hijo de José Díaz González y María Vicario Barbero. En 1935, con 14 años, entró a trabajar, como dependiente, en la tienda de ‘Alvarito’. Entre 1942 y 1945 hace la ‘mili’ en Tarifa, y a su regreso se reincorpora a la tienda. En 1947 se casa en la Capilla del Gran Poder con Encarnación García Salguero y en 1949 se establecen con su propia mercería en calle Conde de Ibarra y más tarde con una tienda de ultramarinos en la esquina de esa misma calle con San Antonio: es la popular y socorrida tienda de ‘Currito’. Tienen tres hijos: Pepe (22 años), Curro (19) y Ana María (14).

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