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OS HE IDO proponiendo en esta Cuaresma algo así como las virtudes cardinales de nuestro tiempo. Antaño se señalaban como fortaleza, templanza, prudencia y justicia. Los mayores se acordarán. Yo os he propuesto otras diversas: “agradecer”, “incorporarse”, “tener consistencia” y “justicia”. Este es el cuarto dinamismo de vitalidad y energía hacia el bien que ha de regir nuestra vida.
Vivir en verdadera justicia conlleva que cada uno reciba conforme a sus necesidades y dé conforme a sus posibilidades. La justicia mira la dignidad de cada persona por ser hijo de Dios. Todos hemos de tener la posibilidad de desarrollar nuestras capacidades y ofrecerlas a los demás generosamente.

Vivir en justicia es mirar a todos los hombres y mujeres como personas amadas por Dios, tanto como nosotros; necesarias para la construcción del Reino, tanto como nosotros; merecedoras de vivir en felicidad, tanto como nosotros. Vivir en justicia es responder a la llamada que Dios Padre pone en nuestra vida: a Él se lo debemos todo, a Él hemos de entregarnos por entero.

En el evangelio de esta semana llegan a Jesús noticias de que unos extranjeros desconocidos quieren verlo y escucharlo. Él sabe que manifestarse a todos públicamente, en las circunstancias que lo rodeaban, conllevaba peligro de muerte. También sabe que el Padre lo llama a ser el cauce de la reconciliación de todas y cada una de las personas de la humanidad. Viviendo en justicia con lo más profundo de sí mismo, entregándole a todos sin distinción el don de su vida, afronta el camino de la cruz: desde quienes lo asesinan en un acto de crueldad, desde su corazón la Justificación verdadera de toda persona.

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