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Le fue encomendado por su suegra en el lecho de muerte. Devota y creyente de esta imagen, le dijo: “ha estado conmigo toda la vida; cuando yo no este, cuida tú de él” su sorpresa fue mayúscula. Primero, que no eligiera a su hija para esta encomendación y segundo, porque ella sabía que su yerno, no solo no era religioso, sino además sistemáticamente anticlerical. La imagen, un San José con el niño Jesús de la mano de sesenta por veinticinco, dentro de la iconografía católica es muy poco común. El marido de María, es el personaje bíblico más ignorado y escondido de todo el santoral católico.

Su ubicación en principio fue una repisa en el pasillo de las habitaciones, pero hubo que desubicarlo de allí, porque una noche si y otra no, se caía de madrugada con el consiguiente ruido y sobresalto. Su siguiente lugar, una librería del salón; pero por la mañana aparecían libros esparcidos por el suelo. La cocina, tampoco fue el mejor sitio, los electrodomésticos se averiaban con demasiada frecuencia uno tras otro. Mantener la promesa, se había convertido en un verdadero quebradero de cabeza.

Desesperado, tras consultarlo con su mujer, decidieron donarlo a la parroquia del barrio; pero el cura de una manera enigmática se negó a aceptarlo, aduciendo ciertas barreras morales que ninguno de los dos supieron entender. Ahora sí, San José se había convertido en un problema.

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Aquella misma noche cuando despertó, el reloj eléctrico de la mesilla marcaba las tres de la madrugada. Creyó que estaba soñando, pero las voces que provenía de la salita, donde había acomodado la incordiarte imagen santa, le produjo perplejidad en principio y algo de miedo después.

Con cautela, se acerco despacio y miró a hurtadillas por la puerta entreabierta, entonces descubrió la peana vacía; a la vez, sonó cerrándose la puerta de la calle. José y el niño, no volvieron jamás…

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