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(Marcos 1,29-39) UNAS VECES nos sentimos tan responsables de todo, que en cuanto algo sale mal nos echamos encima una culpabilidad que nos aplasta. Otras veces es algo del pasado lo que nos angustia y paraliza, una experiencia o un pecado, que se hace tan presente hoy como hace treinta años.

Otras veces es el odio y el rencor que nos impiden ser felices e, incluso, vivir mínimamente en paz. Vivimos complejos de inferioridad que nos amargan cada instante de nuestra existencia porque cada instante necesitamos compararnos con los demás y salir ganando, cuando siempre hay alguien mejor que nosotros. Vivimos con los ojos vendados, obcecados en lo negativo, sin valorar todo lo bueno que han puesto en nuestra vida. Vivimos estresados en una actividad frenética, cansados de no poder descansar, nerviosos cuando podemos hacerlo. Nos enfrenta y nos hace despreciar a muchos la propia ideología, política o religiosa, que ponemos por encima de las personas.

Nos come la propia identidad, la lascivia, siempre mezclada con impotencia, de querer usar al otro para satisfacer unas ansias que son como barril sin fondo. Nos come el afán desmedido por tener más y más, sabiendo que nada nos llevaremos a la tumba. Nos arruina la vida el competir con los demás en lo que somos y valemos; si nos vencen, nos amargamos; si vencemos, nos quedamos solos en la cumbre de una montaña pelada. Otras veces es el demonio del rencor resabiado que nos impide perdonar de verdad a quien queremos y descansar por fin.

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¿Quieren ustedes que les señale más demonios que nos arruinan la vida? Más hay.

Quien se encuentra con Jesús y se ve libre de sus demonios sabe con certeza que es presencia del Dios de la Bondad y de la Vida.

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