(Juan 6,51-59) SALE EL sacerdote de la sacristía, revestido con la ropa de la celebración. Con paso pausado y firme llega al presbiterio, hace una pequeña reverencia de respeto a la imagen que lo preside, se vuelve hacia la mesa del altar y lo besa…

La celebración ya ha acabado, se han pronunciado muchas oraciones y reflexiones.

El sacerdote proclama la última oración, bendice con solemnidad al pueblo allí congregado, y, por último, se inclina ante la mesa del altar y lo besa…

¿Qué pasa en esa mesa para que tenga el honor de acoger esas muestras de cariño tan visibles?

En esa mesa se nos entrega el pan del perdón y del consuelo. En esa mesa se nos entrega el pan de la cercanía y la ternura. En esa mesa se nos entrega la esperanza de nuestra vida, de los nuestros, de toda la humanidad, que por ella se nos hace cercana, próxima, fraterna.

En esa mesa se nos hace presente, cada día, la entrega transparente de quien da sentido pleno a todo lo que en nuestra vida tiene sentido; de quien da sentido a todo lo que en nuestra vida es absurdo e incomprensible; de quien da pleno sentido al amor que da sentido a nuestra vida.

Como el hijo que cada mañana y cada noche besa a su madre al levantarse y al irse a dormir, el sacerdote besa el altar porque en él se hace presente la vida de su pueblo.

Los cristianos sabemos que las cosas, por muy santas que sean, son cosas. Pero es que hay cosas que nos evocan tanta bondad que el besarlas, meramente, nos hace vivir en una serena confianza. Cada uno tiene alguna cosa así, el altar lo compartimos todos.

 

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