Publicidad

Somos tiniebla y luz, somos sombras y claridad, somos ríos de agua fresca que en algunos recodos se remansa acumulando hojas muertas y suciedad que emerge. Somos frágiles personas excelsas y contradictorias. El sufrimiento y la entrega nos asustan; la vulnerabilidad de nuestra piel y nuestro corazón nos harían cerrarnos en nosotros mismos, si no fuera porque nuestra necesidad del otro es más grande que nuestro miedo. Somos débiles personas.

Más el Padre quiso que pudiéramos reconocer en nuestra propia fragilidad y nuestra vulnerabilidad, en nuestra naturaleza necesitada y contradictoria la huella luminosa de su mano. Por eso nos envió a su Hijo, llama que ilumina a cada hombre que viene a este mundo desde la humildad de una carne humana, de una historia, que podría haber sido como otra de tantas.

Pero Jesús hizo de su vulnerabilidad su fuerza; hizo de su fragilidad camino de entrega. Subió al monte Tabor y allí asumió consciente y voluntariamente su pasión. Contemplando la vida de Elías y de Moisés, en diálogo profundo con el Padre, decidió que tenía que entregarse por todos para en todos poder mostrar la fuerza del amor del Padre.
“Dos hombres hablaban con él, eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban con él de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén”.

Publicidad

¿Qué experiencia profunda del Padre vivió Jesucristo en este monte?, ¿cómo se vivió a sí mismo desde ese momento?, ¿qué claridad profunda desveló desde entonces para los discípulos?

 

Publicidad

Responder

Por favor, haz tu comentario.
Por favor, introduce tu nombre