decía san agustín, en frase tan citada como controvertida: “Fuera de la Iglesia no hay salvación”. Quería decir el santo que sin Cristo, de quien la Iglesia es sacramento, no es posible vivir plenamente nuestra humanidad. Sin el perdón de Cristo, en medio de nuestras pequeñas o grandes traiciones, nunca viviremos en paz; sin injertar nuestra vida en su amor de entrega, no podremos decir que nuestro amor es verdadero; sin mirarnos a nosotros mismos con sus ojos –ojos de acogida y de llamada— no podremos saber quién somos de verdad. Cristo es nuestra única y definitiva salvación.
El verdadero ser de la Iglesia es anunciar a Jesucristo, el Señor. Un Señor siempre más grande de lo que hasta ahora puede imaginar y pensar; un Señor que llama a un amor más profundo y hermoso del que hasta ahora ha vivido. Un Señor que siembra en el corazón de toda persona, dentro y fuera de la comunidad cristiana, la luz de su verdad y el calor de su presencia.
Muchas veces, para ser fiel a su misión, la Iglesia ha tenido que mirar hacia fuera para aprender todo lo bueno, lo noble y lo justo que Jesucristo siembra en la humanidad. Cuando se apartó de la inviolable libertad de la persona en sus ideas y creencias, la aprendió de los irreverentes ilustrados. Cuando se olvidó del sacrosanto valor de la justicia social, la recordó de los anticlericales de izquierda. Cuando se olvidó de la importancia de leer la Biblia, otras iglesias cristianas se la mostraron.
Los cristianos somos de Cristo –perdonad la perogrullada. Toda la santidad que Cristo siembra en la humanidad, los cristianos hemos de reconocerla como propia. ¿Quién dijo que, en algún momento, podíamos dejar de ser discípulos?

(Marcos 9,38-48) Decía san agustín, en frase tan citada como controvertida: “Fuera de la Iglesia no hay salvación”. Quería decir el santo que sin Cristo, de quien la Iglesia es sacramento, no es posible vivir plenamente nuestra humanidad. Sin el perdón de Cristo, en medio de nuestras pequeñas o grandes traiciones, nunca viviremos en paz; sin injertar nuestra vida en su amor de entrega, no podremos decir que nuestro amor es verdadero; sin mirarnos a nosotros mismos con sus ojos –ojos de acogida y de llamada— no podremos saber quién somos de verdad. Cristo es nuestra única y definitiva salvación.

El verdadero ser de la Iglesia es anunciar a Jesucristo, el Señor. Un Señor siempre más grande de lo que hasta ahora puede imaginar y pensar; un Señor que llama a un amor más profundo y hermoso del que hasta ahora ha vivido. Un Señor que siembra en el corazón de toda persona, dentro y fuera de la comunidad cristiana, la luz de su verdad y el calor de su presencia.

Muchas veces, para ser fiel a su misión, la Iglesia ha tenido que mirar hacia fuera para aprender todo lo bueno, lo noble y lo justo que Jesucristo siembra en la humanidad. Cuando se apartó de la inviolable libertad de la persona en sus ideas y creencias, la aprendió de los irreverentes ilustrados. Cuando se olvidó del sacrosanto valor de la justicia social, la recordó de los anticlericales de izquierda. Cuando se olvidó de la importancia de leer la Biblia, otras iglesias cristianas se la mostraron. Los cristianos somos de Cristo –perdonad la perogrullada. Toda la santidad que Cristo siembra en la humanidad, los cristianos hemos de reconocerla como propia. ¿Quién dijo que, en algún momento, podíamos dejar de ser discípulos?

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