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(Marcos 5, 21-43) El evangelio de este próximo domingo nos habla de dos mujeres. Una es una niña que vio truncada su vida antes de poder abrirse a la fecundidad.

Otra, una mujer madura, que una enfermedad impedía quedar embarazada y poder, así, dar vida. Jesús toma de la mano a la niña y la levanta en medio del estupor de los que llorando la rodeaban. Rodeado por la multitud siente que una fuerza curativa ha salido de él, y que alguien ha curado por la fe con que ha tocado su manto.

Los evangelios trenzan, sin solución de continuidad, la historia de Jesucristo, lo que materialmente pasó, y el sentido profundo que la vida de Jesús abre para quien a él se acerca.

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A veces tenemos la tentación de pensar que nuestra vida ya ha dado su fruto, que nuestro tiempo ha pasado; incluso peor, que nuestra vida no tiene sentido más allá de lo que cada uno goce o sufra. No es así. Nuestras vidas no son ríos que van a dar a la mar, que es el morir. Nuestras vidas son semillas que pueden dar, en su momento de sazón, el fruto de su esperanza.

Creer en Jesucristo no es mero asentimiento de cabeza. Creer en Jesucristo es saber que nuestros esfuerzos cotidianos por alentar la justicia, que los sacrificios, que nos dignifican, por construir un mundo nuevo, llegado el momento, darán fruto. La esperanza no es más que una fe, que desde la íntima certeza en la fuerza de la resurrección de Cristo, nos anima a entregar al amor nuestra vida. No lo dudes, Cristo a todos nos enriquece con su pobreza.

Sin esperanza nuestra fe está muerta, porque somos nosotros los que ya estamos moribundos. ¿Quién puede vivir sin esperanza? ¿Quién puede luchar sin esperanza? ¿Hay alguien que sin esperanza no sea más que una sombra de sí mismo?

Por tu fe, tu vida será fecunda.

 

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