(Marcos 1, 29-39)LA PALABRA “apostólica” tiene en la teología cristiana honda resonancia. Nuestra fe es apostólica porque procede del testimonio de los apóstoles de que Jesucristo es el Señor, y de su resurrección de entre los muertos.

 

También, nuestra fe es apostólica porque no brota de una idea o sentimiento, sino de la experiencia de vida de quien nos la entregó. La fe no se entrega de “cabeza a cabeza”, sino de “vida  a “vida, a través del testimonio personal. Pero esta expresión tiene otro sentido igual de importante. Una experiencia de fe es apostólica cuando no se vive pietista e individualmente, sino que se comunica a los otros, para que también ellos puedan acoger la gracia de que somos hijos de Dios, y compartir el reto de vivir como hermanos. Una fe expresada en oración y reflexión, por muy importantes que estas sean, pero sin compromiso cristiano con la evangelización y con la transformación del mundo, no es apostólica. 

No tuvimos la oportunidad de creer porque los apóstoles organizaran bellas oraciones en Jerusalén o Galilea, ni porque cada día tuvieran un rato de oración personal. Creemos porque sintieron la llamada, del propio Jesucristo, a comunicar a toda persona que en la debilidad del crucificado estaba presente la fuerza y la sabiduría de Dios; porque sintieron la llamada a acercarse a todo el que sufriera, en su cuerpo o en su espíritu, y ofrecerle un signo de la ternura del Dios de la Vida.

Hoy, y siempre, faltan apóstoles que vivan con fuerza la llamada de Jesucristo a extender la bienaventuranza del Reino, a proclamar con su vida y con su palabra que no somos esclavos sino hijos; que no tenemos que ganarnos el cariño, sino que nos quieren por lo que somos; que en nuestra debilidad y sufrimiento somos testigos de lo que, ahora, no podemos ni imaginar.

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