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Que se caigan los muros de ignorancia;
que se extingan las cláusulas al arte;
que la vulgaridad se quede aparte;
que las musas descubran sus peanas;
que el sendero al oficio deje libre;
que al sello, lo esencial dé su calibre;
que ha llegado el Festival a Dos Hermanas.

El teatro será siempre el maestro.
No le importan las famas, los actores,
la extraña extravagancia en los autores,
su poso, su adherencia o referente,
que, en esencia, es el caldo de cultivo
en que fueron fraguados los activos
que preñaron tendencias y corrientes.

Por eso vaya el brindis de esta glosa
dedicado a las tablas españolas
que —aún siendo a veces caldo de moviola,
y a veces en complejos amainadas—,
su máxima es pintar la sociedad,
su estirpe y su salud, la libertad,
meciendo en nuestros sueños, sus pisadas.

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