(Juan 11) UNA PALABRA puede cambiar la vida; o no. La palabra de un juez: “condenados”, puede romper una trama de tráfico o corrupción que llevaba año tras año, década tras década, alimentándose fraudulentamente de la sangre de los más pobres. Pero sólo esa palabra no reconstruye nada, no rehace nada de lo que se destruyó.
Muchas palabras se necesitan para ir tejiendo la vida. Muchas palabras, muchas miradas; muchas palabras de corrección suave, muchas de ánimo y de aliento, muchas de aprobación y afecto.

Una palabra pronunciada por todo un pueblo: “¡basta!, puede cambiar la historia. O quedarse en una queja infructuosa y estéril que no pasó de un desahogo. Muchas otras palabras se necesitan para deshacer el camino de la indignidad, y comenzar un camino de honradez y trabajo. Muchas palabras: “Entre todos podemos”, “Si uno comienza muchos lo seguirán”, “Es hora de construir algo nuevo”, “¿Dónde está nuestra juventud, inconformista y creadora?”, “Cuenta conmigo”… Muchas palabras se necesitan.

En el evangelio del próximo domingo narra cómo Jesús devuelve a la vida a uno de sus mejores amigos. Su palabra poderosa lo hizo salir de la cueva en el que estaba enterrado. Y Lázaro se convirtió en el prototipo de todas las situaciones de nuestra vida en la que necesitamos que la palabra de Jesucristo nos haga levantarnos de la fosa en la que yacemos, muertos a la esperanza.

Primero reconocer lo evidente: “Señor, ya huele mal”. Segundo poner el corazón sólo en quien lo merece: “Yo creo que tú eres el mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”. Y, por fin, escuchar la palabra que nos impulsa: ¡Levántate!

 

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