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Nuestro mayor deseo es la paz. Eso es lo que decimos. Y no es eso precisamente lo que más se nos nota. ¿Cómo podemos decir en serio que deseamos la paz, si hacemos un gran negocio con los preparativos para la guerra? Pero, aparte del contrasentido de las guerras, está también el sentido de la desigualdad y de la justicia planetaria. No podemos vivir en paz, porque no estamos en la paz, sino en deuda con el prójimo. No podemos vivir en paz, porque pretendemos vivir tan tranquilos, sin reconocer nuestra deuda con los otros.

Estamos en deuda con los pobres. Porque los pobres no son fruto de la casualidad, sino la evidencia de la injusticia de nuestro sistema de vida y de organizar el mundo. Tampoco son el resultado de las catástrofes naturales, sino las víctimas propiciadas por nuestra desidia secular. Los terremotos, los huracanes, las aguas torrenciales, siempre cargan sobre los más pobres, que son siempre los más desprotegidos, y a veces los excluidos por el sistema.

Estamos en deuda con los pueblos del Tercer Mundo, porque hemos construido nuestro sistema, después de apropiarnos de lo que también es suyo, y haber levantado todo un sistema legal para proteger nuestros intereses a costa de los suyos. Hemos organizado el mundo a favor nuestro, sin tener en cuenta sus legítimos derechos. Esos que, por otra parte y para más inri, hemos proclamado solemnemente y aireamos con orgullo como derechos humanos universales.

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Y estamos en deuda con Dios, que ha creado el mundo para todos, y no dejamos que lo puedan disfrutar todos; lo ha creado para que lo conservemos, y nos lo estamos cargando; lo ha creado para que abramos los ojos y, al contemplarlo, podamos descubrir las huella del Creador, los mimos del Padre, y nos empeñamos en negar la evidencia y hacernos el tonto para no creer, para no querer y dejarnos querer por Dios. Y hay quien pretende vivir tan tranquilo. Pero vivir tranquilo no es vivir en paz.

Concédenos, la paz, Señor, la que el mundo no puede dar porque es el don de tu amor.

Concédenos la paz que rompa nuestros silencios cómplices y denuncie las injusticias.

Concédenos la paz que nos haga bajar de las nubes y tomar tierra a ras de los problemas de nuestros hermanos.

Concédenos la paz que nos libere del odio, de la intolerancia y de toda forma de violencia.

Concédenos la paz que selle nuestros labios para no proferir insultos, ni amenazas, ni gritos contra el distinto.

Concédenos la paz que nos haga salir de nuestra tranquilidad y tomar partido por los más débiles y explotados.

Concédenos la paz, la que el mundo no conoce, tu paz, Señor, la paz que tenemos que ir construyendo con amor y con tu gracia

 

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