Hace ya muchísimos años que abandoné la fe católica en la que socialmente me educaron por decreto ley allá por los años sesenta, aunque mis padres no eran practicantes el régimen político no dejaba otra opción. A pesar de ello, y no es la primera vez que lo hago, hace pocos días para mostrar mi apoyo a una compañera de trabajo, asistí a una misa de funeral en memoria de su madre en una iglesia de un barrio de Mairena del Alcor.

Con todo mi respeto al templo y a los creyentes allí reunidos, eché mano de mi buena disposición para seguir la densa liturgia cargada de simbología en relación a estas fechas navideñas. Pero nada más comenzar el oficio religioso el párroco dicente empezó a entremeter, aprovechando las fabulas de las escrituras, una soflama de fundamentalismo católico a tutiplén. Sinceramente, en un principio sólo me sorprendió su forma tan descarada de mezclar la política con la religión, pero según continuaba comencé a sentirme mal, sobre todo cuando tuvo la osadía perversa de comparar la reciente ley del aborto con el holocausto alemán, previendo que en un futuro todos los presentes seriamos culpables de ese genocidio. Tengo que confesar que tuve que hacer un gran esfuerzo para no levantarme y abandonar la iglesia pegando un portazo, el respeto a las personas presentes fue lo que lo impidió.

Si esta es la corriente oficial de la iglesia católica de siglo XXI, yo la respeto, pero me pongo frontalmente en contra; con esta línea trazada por la Conferencia Episcopal Española, no me extraña nada que el Vaticano no aceptara la prórroga solicitada para seguir como arzobispo de Sevilla a monseñor Carlos AmigoVallejo; evidentemente este cura de Mairena no era de su cuerda, él era mas dialogante, más comprensible y su apostolado era infinitamente más actual.

Naturalmente que la iglesia católica tiene todo el derecho que la libertad religiosa de este país le otorga para tener una postura propia ante los asuntos sociales y políticos, pero a lo que no tiene derecho es a manipular torticeramente las leyes manadas de los representantes del pueblo español elegidos democráticamente. Y si continúan con este radicalismo, tan solo pueden conseguir que las iglesias se queden aún más vacías de lo que ya están, sólo hay que ver la edad media de los feligreses que asisten a ellas.

Afortunadamente, no todos los miembros de esta confesión religiosa piensan de esta forma, conozco algunos personalmente que predican y practican un catolicismo solidario, comprometido con los problemas de la gente y los tiempos actuales. Pero queda claro, la corriente oficialista del catolicismo hoy en día en nuestro país, no se conforma con gobernar en el reino de los cielos, pretende hacerlo también en el reino de España.

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