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Amaneció aquel 3 de diciembre frío. Un frío que se adueñaba de nuestro interior, de nuestros corazones. Nuestra mente se negaba a aceptar aquella cruda realidad con la que nos despertamos.

Te habías ido tú, Antonio José. ¿Cómo entender que nunca más veríamos tu alegre y contagiosa sonrisa y tu vitalidad?

Nunca más aguantaríamos tus bromas, tu genio. Nunca más nos recibirías gritando: ¡Esa tita!. Nunca más nos irritaríamos con tus enfados.

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Jamás sonaría el porterillo "¿Está Antonio?". No llegarás más de la calle diciendo: "Abuela, hazme de comer ligero".

¡No estás Antonio! Cuántas esperanzas teníamos en ti, que tú con unos años más serías capaz de parar, ya sabes que…

Es difícil llevar este dolor día a día, Antonio, pero jamás dejaremos de pensar en ti.
Por eso sentimos que estás aquí, que no te has ido porque llenas nuestros corazones.

Tu abuelo, tu abuela, tu madre, tu hermano, tus primos, tus tíos y tu peña no te olvidarán Antonio, porque tú siempre serás el rey, ¡nuestro rey!

Te queremos Antoñito.

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