(Lucas 4, 14-21) “Creemos en Dios Padre, todo poderoso, creador del cielo y de la tierra”, recitamos en el credo los cristianos. Como Dios es creador, los hombres sólo somos administradores de lo que es suyo porque él lo ha creado. Somos administradores, no dueños. Y por tanto tendremos que dar cuenta de lo que hemos hecho con lo que nos confiaron. Si usamos nuestros bienes con afán de acumulación, egoístamente, sin atender a las necesidades de los más pobres, sin vivir desde la solidaridad, estamos robando.

Estamos usando como de nuestra propiedad lo que sólo tenemos en administración. Todos nuestros bienes: los económicos, los intelectuales y los artísticos hemos de usarlos para el bien de todos; para nuestro bien y el de los demás, para el bien común. Para eso nos los confió Dios Padre. Cristianismo y comunismo se parecen en algunos aspectos.

Pero siendo esto así, y lo es, una mayor responsabilidad de mirar al bien común tienen los administradores de los administradores; es decir, de los políticos; que tienen como función específica administrar los bienes comunes para el bien común. Hemos de pedir a nuestros políticos que en su administración de los bienes públicos miren el interés de todos los ciudadanos, especialmente de los más desfavorecidos; no los suyos, ni los de su partido. Y que potencien, y no sustituyan, las iniciativas que favorezcan el bien común.

Es triste ver cómo a pesar de la inmensa riqueza de la Tierra muchas personas no tienen lo necesario para vivir. No es esa la voluntad de Dios. No nos la entregó para eso.

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