Juan 14, 23-29

Nuestra forma de contemplar y valorar a las personas tiene un pecado original que pesa irremisiblemente sobre nosotros. Valoramos a los demás, y a nosotros mismos, por la capacidad de superar a los otros en inteligencia, en capacidad económica, en brillantez social, en acumulación de bienes o de diversiones. No valoramos si compararnos con los demás nos encontramos superiores. El que esté libre de pecado que tire la primera piedra. 

¿Quién es más, el padre que renuncia a todo por su hijo enfermo o el hijo por el que ha renunciado a todo? ¿Quién es más, el misionero que renuncia a toda su vida por acompañar y servir a un pueblo despreciado del mundo o los hombres, mujeres y niños de ese pueblo? ¿Quién es más, el trabajador que atiende con cariño y abnegación a un enfermo o el enfermo que agradece sus cuidados y cariño? ¿Quién es más, el muchacho enamorado o la chavala que le quita el sueño?, –no se engañen, amar se ama como siempre.

¿Quién es más? El Otro siempre debe ser más; sólo así nuestra entrega a él nos dignifica y nos hace más. Siempre es más el que se entrega, el que renuncia a su vida, el que no se aferra a ninguna categoría, supuesta o real, para mirar al otro a los ojos.

 

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